miércoles, 23 de junio de 2010

CRÓNICAS VIRTUALES DE UN SOLTERO A SU PESAR

Gel de Baño

Bote vacío. Debía comprar.Parecía pan comido: lo anoté en la lista para cuando fuera al Mercadona. Pero hacerme con él no iba a ser tarea fácil.

martes, 8 de junio de 2010

¡¡HUELGA!!

Y llegó el día. Fiel a mi promesa de vivir con intensidad esta primera experiencia de funcionario (aunque sea como interino), y después de experimentar mil y una anécdotas en el aula, quise tomarme la huelga de funcionarios de este martes 8 de junio seriamente.

Con independencia de que no ir a trabajar hubiera sido lo idóneo para aprovechar y dar un pequeño empujón a las oposiciones, dejando aparte el dinero que dejaría de ingresar por no acudir al instituto y cumplir con mis obligaciones, reflexioné.

Ya hice huelga el pasado mes de abril para reivindicar lo que quiera que se reivindicase aquel día. La verdad es que no sabía qué se pedía (de hecho, aún no lo sé), necesitaba el día para echar los papeles de las oposiciones, y la gran mayoría del claustro estaba de acuerdo con no ir a trabajar. Así que... hice huelga.


Pero en esta ocasión, lejos de dejarme llevar por la mayoría, quise hacer valer mi individualidad y reflexioné en torno a mi derecho a hacer o no huelga.

Mi primera observación fue la gran división que existía entre mis compañeros acerca de acudir o no hoy al centro. Y es que, si bien se hablaba de no trabajar, no escuché a nadie aludir palabras como reivindicación o manifestación. Pregunté a muchos sobre sus intenciones y, al contrario de lo que cabría esperar por el nivel de enfado general debido al recorte de salarios, no había unanimidad ni opinión general sobre qué hacer.

Visto lo visto, acudí a otros criterios:

¿Realmente, en qué nos beneficia una huelga?
Dada la fama, en parte merecida y en parte autoproclamada por los funcionarios públicos, de no hacer nada, movilizarnos con jornadas sin trabajar no es que sea una de las medidas más "lúcidas" y populares que pueden adoptarse. De hecho, incluso me parece una obscenidad, con la que está cayendo, y con los niveles de desempleo que existen, desarrollar como centro de protestas el no cumplir con las obligaciones laborales.
La huelga beneficia más al gobierno (¿cuánto se ha ahorrado en sueldos el día de hoy?) que a nosotros (¿a cuántos ciudadanos hemos fastidiado? ¿cuántos comienzan a posicionarse en nuestra contra?)
¿Qué se opina -desde fuera - de la huelga de funcionarios?
Sólo hay que acudir al mercado del barrio, a los bares, a la prensa, o a internet para descubrir que la gran mayoría de personas ignora (y muchísimo) la situación y los motivos de la protesta. ¿Acaso sabe el pueblo que la situación del funcionario de clase A es la peor de Europa? ¿Paralizar el país realmente ayuda a comunicárselo?
Me encuentro esta mañana en internet, en la edición digital de un conocido semanario: "Hoy los funcionarios no trabajan, algunos de ellos porque están en huelga"
Los sindicatos: ¿Dónde estaban? ¿Qué están haciendo? ¿A quién ayudan?
Resulta curioso, que hoy día, en plena era digital, el papel reivindicativo de un sindicato sea el mismo que el de un "correo en cadena" ("Reclamemos nuestros derechos, mañana huelga. Pásalo a 10 personas en los próximos 10 minutos o te saldrán canas en los pelos de las piernas")
¿¿Es que no existen otras medidas?? ¿¿Es que dentro de todo el cuerpo de liberados sindicales no hay nadie, nadie, nadie capaz de idear auténticas estrategias que no sean no trabajar y ponernos en contra a la sociedad?? ¿De verdad están trabajando al 100% para defenderme a mí y a mis derechos como empleado público? ¿Eso es lo que me quieren hacer creer?

Y después de mucho pensar, acudí a trabajar. Y no porque me den igual o esté a favor de estas medidas del gobierno, sino porque no creo que una huelga sea la acción a realizar para conseguir lo que perseguimos.

jueves, 27 de mayo de 2010

LOST, el cuento por capítulos (I)

Guía reorganizada de la serie para aquellos que no la han visto, no la piensan ver, y que con esto van a comprobar y reafirmarse en su idea de que los seguidores somos unos frikis y la serie… una mierda.


Capítulo 1: La isla, los dioses y las marionetas.


Érase una vez, en una pequeña isla olvidada en un lugar perdido del Océano Pacífico, dos hermanos que se llevaban muy mal. A pesar de que, por su físico todos dirían que tendrían unos 40 años, ellos tenían el don de no envejecer, con lo que nadie podía decir ni cuándo nacieron, ni desde cuándo llevaban en la isla. Nadie, ni siquiera ellos. Eran inmortales, dioses.

Jacob, además de ser el mayor de los dos, tenía encomendada una pesada labor: por un lado proteger y preservar la isla, y por otro evitar que el espíritu de su hermano escapase y saliera de ella.

No obstante, a pesar de las desavenencias, solían reunirse de vez en cuando para apostar en un curioso juego: Jacob decía que el ser humano es bueno por naturaleza, su hermano opinaba lo contrario, y para comprobar quién tenía razón solían atraer y abandonar en la isla a diferentes grupos de personas, observando cómo sobrevivían y se llevaban entre ellos. Si acaban formando una comunidad bien avenida, ganaba uno. Si terminaban enfrentados, lo hacía el otro.

Como estaban siempre peleados y los dos querían vencer, siempre se las apañaban para hacer trampas: uno buscó a un ayudante que socorriera, asesorara y organizara a los náufragos que llegaban a la isla, integrándolos en la comunidad de supervivientes que se había creado con el paso del tiempo; el otro se transformaba en una columna de humo negro y acosaba, asustaba, atacaba e incluso asesinaba, a los recién llegados.

Tras siglos y siglos de amenazas y peleas, sabiendo que su hermano le mataría a la menor ocasión, Jacob, realizó la siguiente estratagema para que, si llegara a asesinarle, éste nunca pudiera salir de la isla: Entre las personas elegidas para caer en la isla en la siguiente ocasión, habría algunas especialmente seleccionadas para sustituirle en sus labores de vigilancia y protección.


Y así fue. Cuando el avión se estrelló, entre los supervivientes se encontraban algunos de los candidatos a sucederle. Una buena jugada de no ser porque el hermano, al tanto de esos planes, conocía la identidad de los elegidos y los necesitaba para poder salir de la isla.


Próximo Capítulo: ¿Pero esto no era una isla desierta? ¡Aquí hay más gente que en la cola del Inem!



Comentario de texto para frikis:
1. ¿Qué teoría filosófica se encuentra infiltrada en estas líneas? ¿Quién la enunció? ¿Qué otro autor expuso una tesis contraria? ¿en qué consistía?
2. Enumera apellidos de filósofos que se estudian en el instituto.
3. ¿Pueden obtenerse del texto interpretaciones vinculadas a la religión? ¿Cuáles?

domingo, 2 de mayo de 2010

EL SÍNDROME DE CASANDRA

Cuenta la leyenda que Apolo se enamoró de Casandra y le regaló el don de la profecía, con lo que podía saber todo lo que iba a suceder. Pero al no ser correspondido y no poder quitarle ese don, hizo que nadie creyera sus predicciones.
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Síndrome de Casandra: Se suele denominar con este término a la sensación de angustia que experimenta una persona que conoce de antemano lo que va a ocurrir, cuando nadie le cree.
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No había conocido el significado de ese término hasta que comencé a trabajar con jóvenes. Es muy triste ver su comportamiento, actitud y trabajo en clase, las extrañas/nefastas compañías que frecuentan, el desconocimiento sobre mundo que les rodea, sobre el futuro que les aguarda, lo sumamente perdidos y desorientados que andan...; es muy triste el intentar hacerles ver su realidad, la importancia de que tomen las riendas de sus vidas... y saber que no van a ver más allá de sus ojos, que todo lo que se les dice caerá en saco roto, que no escarmientan por cabeza ajena.

domingo, 11 de abril de 2010

UN NACIMIENTO DE MIERDA

Si en una merienda sumamos en el mismo estómago tres cuartos de un bizcocho, dos donuts y alguna que otra rosquilla, lo bañamos con dos tazas de café bien cargado y lo dejamos reposar unos minutos, tenemos la mezcla explosiva que se agitaba en mi interior amenazando con salir a la luz sin mi permiso.

Un día cualquiera de una tarde cualquiera en una celebración cualquiera, en mi casa.


Me dirigía a dar parte de esta “más que opípara” comida cuando aquel pasillo de apenas tres metros de largo que santísimas veces había recorrido, comenzó a cambiar: a cada paso que daba, el final (y con él mi meta, el cuarto de baño) se alejaba más y más de mí. ¿Defecto de mi vista? ¿Alteraciones en mi percepción? Lo único que puedo decir es que mi cuerpo se estaba quedando completamente congelado, estertores comenzaban a paralizarme las piernas, que difícilmente podía mover dada la dificultad para contener lo que, una vez sentado, expulsaría con todo gusto. Con los brazos apoyados en las paredes intentando no caer al suelo, y mientras dos goterones de sudor recorrían mi rostro, mi vista se enturbiaba mientras divisaba la puerta más lejana que nunca.


Quizás una punzada de dolor, no poder mover mis extremidades inferiores, o la pérdida de orientación, de repente caí al suelo. Incapaz de ponerme en pie, comencé a arrastrarme en busca de la habitación en la que me desprendería del mal que me poseía. Y así llegué al cuarto de baño. Escalé apoyándome en el bidet y en el lavabo, y una vez de pie quitarme la ropa fue un juego de niños.

Una vez sentado, simplemente me dejé llevar, cedí el control a mi cuerpo, que inició el proceso de desalojo de forma automática. Me transformé en un gigantesco grifo del que salía todo en estado licuoso y no exento de grumos. Sin embargo, apenas podía darme cuenta de aquello ya que me encontraba en un éxtasis cercano al orgasmo, un placer infinito me invadía por completo, piel de gallina, ojos en blanco y los dedos de los pies completamente estirados. ¿Cuánto duró aquello? ¿Minutos? ¿Segundos? Perdí por completo la noción del tiempo, posiblemente hasta mi alma saliera del cuerpo y realizara todo un viaje astral.


Pero desperté. La terrible sensación de que algo no estaba saliendo bien me trajo de nuevo a la tierra.

Todo se había parado. Aún conservaba el tacto caliente y pringoso de lo que había estado saliendo. Al cesar de evacuar comenzaba a notar cierta sensación de pegajosidad en mis bajos. Pero ese no era el problema. Algo evitaba que siguiera defecando, algo obstruía el tramo final del recto. Un breve chequeo interno me descubrió que lo peor estaba por llegar. Un consistente y gran óvolo esperaba su turno de salida y la evacuación no iba a ser nada fácil. El orificio era más pequeño que el objeto a despedir, con lo que iba a hacer falta mucha energía y concentración.

Primer intento: El esfuerzo fue mínimo, ya que el objetivo era sondear el tamaño del monolito. Los resultados fueron descorazonadores: el proceso iba a resultar lento y doloroso. Bastante doloroso. Muy doloroso.

Segundo intento: Máxima concentración. Aguantando la respiración, centré todas mis fuerzas en busca de conseguir sacar al intruso…sí…sí…sí… la cabeza asomó levemente… sí…sí…no. Mis músculos volvieron a relajarse y todo volvió a quedar como antes.


Aquello era superior a mis fuerzas, pensé en abandonar. A mi mente volvieron recuerdos de otras situaciones similares, todas contadas en victorias. Pero esta vez era distinto. Esta operación requería una apertura anal que rozaba los límites de lo normal. Tendría que poner a prueba la resistencia de mi propia musculatura.

Sujeté la taza del váter con las manos, encogí mi cuerpo al máximo para aunar fuerzas, inspiré profundamente…

Tercer intento: casi oía el rechinar de mis dientes, los dedos de mis pies completamente pegados a la planta y mis fuerzas orientadas a excretar aquel pedrusco. Tras diez segundos reapareció la cabeza. Para celebrar aquella pequeña victoria aproveché para volver a inspirar y, como si con fuerzas renovadas estuviera, procedí a ejecutar la segunda fase: de la cabeza a la mitad del cuerpo. Dolorosamente notaba como se abría paso entre mis paredes y, como si la palpara con mis manos, iba conociendo su forma. Llegando al ecuador comencé a sentir cómo iba pasando el tallo de aquella “rosa”: terribles arañazos en las paredes del ano, como si el emigrante viniera adornado con púas. Sin duda, lo peor estaba pasando. Consciente de ello, y sacando energías de donde ya no quedaban procedí a emitir el tercer empujón. Notaba mi cuerpo completamente sudoroso, no sabía cuánto tiempo llevaba pariendo aquella bola inservible, sintiendo cómo ensanchaba el diámetro de mi querido conducto de salida.


Y, por fin, salió la mitad. Como una reacción en cadena, en apenas dos o tres segundos experimenté una serie de sensaciones de las que apenas puedo recordar las más impactantes: La desagradable sensación de que algo colgaba (una hedionda estalactita que bailaba por el vacío del retrete con la certidumbre de que caería en cualquier momento); la segunda mitad del objeto, de tamaño decreciente cayendo, deslizándose entre las cedidas paredes de mi recto; La sensación de vacío al descongestionarse aquel tramo final aparato digestivo; El sonido apagado de aquel muerto al caer al fondo; El desagradable pero fresco baño de mis posaderas con las aguas que saltaron; Y, sobre todo, la sensación de relax tras desprenderme de tal peso.

Me apoyé en el respaldar, dejé caer la cabeza en la pared, abrí los ojos y exhalé un largo y profundo suspiro. Volví a estirar las piernas y quité las manos, casi entumecidas, de la taza. Tras unos segundos, el cuerpo comenzó a pasar factura del trabajo, un gran escozor ¿o dolor? era el balance final de daños. Estudié el paisaje y descubrí con gran alegría el envase de toallitas húmedas. Después de todo, parece ser que lo peor había pasado.



Movido por la curiosidad o por el orgullo paterno, me levanté de la taza para contemplar mi obra. Pero cuál fue mi sorpresa al descubrir que no me esperaba en el fondo del váter. Tras un rato contemplando aquel desolado paisaje y preguntándome qué había sido de ese ingrato hijo, llegué a una conclusión: A pesar de lo seca de su piel, el contacto con los restos del líquido elemento que emití al principio y que se encontraba en mis posaderas, le había lubricado lo suficiente como para, una vez caído al fondo, deslizarse por la tubería en busca de nuevas aventuras.

miércoles, 7 de abril de 2010

TENGO UN DESTINO

Podemos llamar chirimiri a aquella subespecie de lluvia ¿light? cuyas gotas apenas se aprecian a simple vista, no cala en la ropa (de hecho, ni siquiera moja) y que solemos reconocer al sentir en la cara los pinchacitos refrescantes de las gotas. Se la denomina lluvia siguiendo el mismo criterio por el que llamamos leche a la desnatada (cuyo único parecido con lo que dan las vacas es el diseño del tetrabrick, porque ni color, olor ni sabor coinciden), pero –entre tú y yo– eso… no es lluvia.

El calabobo es el siguiente escalafón en importancia. Aunque seguimos sin apreciarla a simple vista, suele ser la pesadilla de quienes llevan gafas (¿para cuándo unas con limpiaparabrisas?); no pincha –de hecho resulta refrescante, muy agradable–, no suele importar estar bajo ella –casi gusta sentirla– y entre una cosa y otra, cuando te quieres dar cuenta, estás calado hasta los huesos.

Lo peor de estos fenómenos meteorológicos no es mojarse, ni quiera jugarse el tipo por unas calles que parecen auténticas pistas de patinaje. El gran problema reside en encontrar, reconocer, acertar, hallar… el momento preciso en el que abrir el paraguas. Porque si se usa ante el menor chirimiri… poco más que se hace el ridículo. Y si se lleva de la mano en la fase final del calabobo… además del ridículo, se hace el canelo (pues poco más que vas a necesitar que te expriman al llegar a casa)

¿Cómo lo sé? Simplemente, lo sé.

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Tengo un destino, un objetivo, una misión, y mi vida gira en torno a ella. Mi único papel en este mundo es el desempeño de mi labor, y de su correcto cumplimiento depende en gran parte mi vida.

Desde mi llegada a este mundo (o desde antes, pues fui concebido para la tarea que tengo encomendada), el único sentido de mi existencia es estar disponible para cuando se me necesite y ser de la mayor utilidad posible, teniendo en cuenta mis posibilidades y limitaciones.

Hoy… me he visto incapaz de llevar a cabo mi trabajo.

Hasta tal punto estoy vinculado a lo que hago que, en este país, se me conoce por el nombre de mi oficio. Y no es que me disguste, de hecho, me parece curioso (y casi motivo de orgullo) que, mientras todas las personas tienden a recortar su nombre (Manu/Manuel, Pepa/MªJosé…) a nadie le ha dado por acortar el mío.

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A primera vista, el físico no me distingue del resto de mis iguales, mi tamaño estándar, sobriedad, porte y elegancia me hacen acompañante ideal para los caballeros, aunque nunca he llegado a desentonar junto a una mujer. Quizá mi estructura interna –lo recio y firme de mis articulaciones, la dureza y grosor de mi esqueleto, y lo perfecto de mi acabado– sea lo que me diferencie del resto. Y es que soy único en mi especie, dispongo de una complexión privilegiada.

Por mis dimensiones sólo estoy capacitado para trabajar para una persona. No es que sea de constitución débil, pero no destaco por mis dimensiones. Puedo garantizar la seguridad de una persona tranquilamente, la acojo en mi seno y protejo férreamente, sin dar ocasión a deslices, fallos o descuidos, siempre haciendo honor a la gallardía de mi estirpe.

No obstante, cuando la situación lo exige y debo dar el 200% de mí, controlando la seguridad de dos personas a la vez, no lo dudo y asumo el reto. Si no es fácil trabajar con una persona, con dos es –más que un reto– toda una odisea. Mi labor es hacer de lo prácticamente imposible algo real, y lucho por ello. ¡Y no lo haré tan mal cuando, a veces, se me exige velar por tres o cuatro personas!

Hace años que trabajo para el mismo dueño. Son muchas las vicisitudes, situaciones y momentos únicos por los que hemos pasado: nunca ha tenido motivo de queja hacia mi trabajo, ni yo de reproche hacia su trato. Hemos vivido mucho juntos, hemos visto mundo, y después de todo este tiempo es increíble cómo hemos llegado a conocernos y a coordinarnos. Casi puede decirse que, cuando entro en acción, “somos uno”.

Cada señal, cada cicatriz, cada uno de los arañazos que conservo y luzco con una pequeña muestra de las batallas por las que juntos hemos pasado; todas encierran una historia. Todas ganadas, todas superadas –con esfuerzo, pero contadas por victoria– Todas… menos la de hoy.

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Inicialmente la misión no revestía complejidad alguna. De hecho, llevaba operando un tiempo en el territorio sin problemas que reseñar. Sabía que la zona era conflictiva, que era bastante usual ver cómo compañeros de profesión y especie perecían en acto de servicio, pero –orgulloso por mi intachable hoja de servicio– estaba seguro de que –no exento de dificultad– se cumpliría el objetivo marcado. ¡Qué equivocado estaba! Preparado para la lluvia, no contaba con el brusco golpe de viento que, repentinamente, me embistió en la primera esquina que cruzamos, me separó de mi dueño desarmándolo y abandonándolo a su suerte, me lesionó y dejó impedido para cumplir mi labor… provocando que me abandonaran a mi suerte en una papelera.

Y es que, no hay nada más duro que ser un paraguas en Tarifa.