sábado, 3 de agosto de 2013

Español por el Mundo



Recibo esta mañana de sábado una simpática y curiosa felicitación: la RAE, entidad cuyas reglas y principios intento fomentar y preservar desde las trincheras (perdón, las aulas de los institutos de secundaria en los que trabajo), cumple hoy la friolera de 300 años: Un 3 de agosto de 1713, el marqués de Villena dio un pequeño paso para el hombre y un gran paso para nuestra lengua.

Buenas noticias de no ser por el caótico momento por el que atraviesa nuestro castellano: completamente perdido y desorientado en plena globalización, sin acabar de adaptarse al aluvión de nuevos términos extranjeros vinculados con las nuevas tecnologías, sufriendo los ataques lingüísticos de extremistas movimientos ginecocráticos, masacrado en las redes sociales y experimentando la normalización de incorrecciones sintácticas y errores gramaticales y ortográficos.
Lejos queda aquello de “limpia, fija y da esplendor” en momentos como este en el que la Academia ha perdido completamente el norte con la puesta en marcha de gramáticas y ortografías unificadoras, como si en España y en los diferentes rincones de Hispanoamérica usáramos el idioma de la misma manera.

Algo funciona mal en la Academia cuando el segundo idioma más hablado del mundo es ninguneado fuera de nuestras fronteras de la forma en la que lo está siendo. De pequeño se decía que el inglés era el idioma del futuro, y es ahora (en el futuro) cuando descubrimos que verdaderamente era el nuestro: se habla castellano en todos y cada uno de los rincones del mundo.
No deja de resultarme indignante viajar por Europa y descubrir que andamos huérfanos de una institución que verdaderamente luche por nuestros intereses como castellanoparlantes y/o castellanolectores. Mucho Instituto Cervantes por el mundo y cuando llega la hora de la verdad resulta una gesta titánica encontrar material informativo, cultural, turístico… variado y decente en nuestro idioma más allá del típico "todoterreno para turistas".
Plaza de España de Bruselas, o Plaza Marsupilami
De entre las decepciones más importantes: Bruselas. ¡Bruselas! Esa ciudad tan… cosmopolita, crisol de culturas, centro político de Europa  en el que tienen cabida tooodas las naciones de la UE… pero no la segunda lengua más hablada del mundo. Museos en los que, si eres español, te dan un mísero archivador con folios sueltos en el que puedes encontrar las traducciones a tu lengua de todos los paneles (aunque no la ubicación de los mismos), librerías que presumen de tener material en todos los idiomas (incluso los más peregrinos) pero ni siquiera localizas la etiqueta “castilian” (de libros y BDs ni hablamos), guías y mapas locales “in english”…

300 años de RAE y en todo este tiempo no hemos sido capaces de encontrar el respeto de nuestros vecinos de continente en lo que a idiomas se refiere. Aunque, teniendo en cuenta que no somos capaces de conseguir que el castellano deje de estar en situación de diglosia en determinadas Comunidades Autónomas de nuestro país, no sé de qué me escandalizo…

martes, 26 de marzo de 2013

Odio a Peter Pan

Lo lamento mucho, pero así es.
Posiblemente sea uno de los pocos personajes de ficción hacia los que he desarrollado cierta intolerancia y aversión, pero no puedo evitarlo. Odio, odio, odio a Peter Pan.
He visto las películas que sobre él han hecho (algunas, varias veces incluso) y leído el libro de Barrie en busca de un detalle al que agarrarme para evitar toda esta antipatía que he venido desarrollando hacia el “niño eterno”. Fue en vano.
No recuerdo el momento en el que la idolatría se transformó en repulsión. Pero, la cuestión es que todo desembocó en desprecio al comprobar que, más que un niño, estamos ante un puñetero preadolescente, con las bondades y lindezas que representan. Esa prepotencia, soberbia, la altivez y seguridad con la que se mueve y dirige a los demás no es característica de un niño. Más bien son rasgos de una mente inquieta dominada por unas hormonas en estado de guerra: ¡Es un maldito adolescente!
Terrible descubrimiento que, entre otras creencias de mi niñez, ha destrozado mis propios fantasmas personales: ahora me aterroriza más que antes pensar que poseo el síndrome que lleva su nombre (añoro mi infancia, no aquella desastrosa pubertad)… y, encima, me identifico muchísimo más con la figura de James Garfio, su terrible enemigo.
Una simple revisión de este clásico de la literatura infantil, no hace más que reforzar lo que, sin duda, es una verdad a gritos: la historia distorsiona la realidad, nada es tal y como se cuenta: ¿De verdad son Garfios y sus piratas los malos de la función, o no son más que una excusa, una cortina de humo, bajo la que el terrible Pan gobierna con mano de hierro a los Niños Perdidos?
No pequemos de inocentes, estamos ante un caso de adolescente rebelde, negativista y desafiante, cuya lucha contra el sistema las leyes establecidas llegan al extremo de no querer crecer. No nos dejemos engañar: no es un niño.
Son pequeños gestos y detalles los que le delatan: la atracción que siente hacia Wendy (que le lleva incluso a secuestrarla y llevarla a nunca Jamás); el juego “a dos bandas” que se trae con ella y Campanilla (usando a esta segunda a su antojo con la finalidad de que le facilite el polvo de hadas); la irresponsabilidad y despreocupación hacia cualquier obligación o tarea que implique cierta responsabilidad; ese espíritu subversivo que le lleva a estar siempre por encima del bien y del mal, siempre llevando la contraria a los adultos (por no hablar de esa imagen del adulto como enemigo, bien sea pirata, bien sea indio)…

Incluso el tratamiento que se hace de Garfio refleja ese odio hacia el universo adulto y la veneración por el tópico literario del carpe diem: ¿de dónde si no viene esa aversión del capitán por los relojes... o el símbolo del cocodrilo que le comió la mano y le persigue? Hasta la tradición teatral lleva implícita la relación adulto=pirata=malo (los papeles de Garfio y Sr. Darling son representados por el mismo actor)
Pudiera ser que mi lado “maestro” sea el que hable por mí, pero me niego, me niego, a concebir que el bueno de la historia sea un ser tan azaroso, voluble y violento como Peter Pan. ¿Qué se supone que trataba de mostrarnos o enseñarnos J.M.Barrie cuando escribía esta historia? 
¿Acaso Garfio y sus piratas eligieron ser adultos?

lunes, 17 de diciembre de 2012

Joaquín de Burdeos

Me comentó una compañera de departamento que (en un examen que hizo a 3º de ESO) a la pregunta sobre quién escribió "Los milagros de Nuestra Señora", un alumno respondió "Joaquín de Burdeos".
Entre bromas insistí en la necesidad de buscar a Joaquín de Burdeos para comprobar si verdaderamente fue o no el autor en la sombra del libro que popularmente se atribuye a Gonzalo de Berceo. Tras una ardua búsqueda dimos con él, y este es el mensaje que quiso que transmitiera a sus alumnos:

Mis muy estimados discentes:

 
Me sorprende encontrarme aquí, escribiéndoos unas letras con la finalidad de darme a conocer ante vuestras mercerdes. Me llamo Joaquín Ignacio Sánchez-Expósito de la Lastra, y apostaría mi fortuna a que mi nombre os pasará desapercibido. No obstante, estoy más que seguro que me reconocerán por mi sobrenombre, Joaquín de Burdeos.

En primer lugar, quisiera agradecer a vuestra profesora que me haya buscado y que compartiera conmigo tan gozosa anécdota como la que ocurriera hace unas semanas en esta misma aula. Obviamente, no fui quien escribió y dio nombre a Los milagros de nuestra señora. Desconozco, de hecho, la posible opinión que este suceso pudiera despertar en la figura del excelso Gonzalo de Berceo; no obstante –y agravios comparativos aparte– seguro que se hubiera sorprendido más de que aún se estudie su figura y sus obras, que de tan mayúscula confusión con respecto a la autoría de su libro más conocido.

No es la primera vez que mi nombre aparece en un examen escolar. De hecho, tengo el orgullo de ser una de las figuras erróneas más citadas. Tanto, que no podría poner en pie la cantidad de puntos que el alumnado ha dejado de tener al incluirme como autor de clásicos literarios, filósofo, clérigo, o incluso desempeñando la labor de descubridor y conquistador.
No es fácil ser un error; a decir verdad, me costó bastante asimilar y aceptar esta nueva condición de equivocación. No todo el mundo puede vivir siendo consciente de que su existencia está relacionada con el despiste o la ignorancia de aquellos que te citan o te nombran. Podría enumerar una larga lista de personajes anímicamente derrotados, prácticamente sin autoestima, que vagan a través de trabajos y exámenes, y que han caído en los brazos de la locura creyéndose autores de obras como Cantar de Mío Cid, Lazarillo de Tormes… o incluso Don Quijote de la Mancha.

Es, prácticamente, una labor titánica conservar tu propia identidad cuando constantemente te atribuyen hazañas o acciones realizadas por otros. De hecho, de no ser por la pronta y atenta corrección que del examen hizo, me hubiera resultado imposible quitarme de la cabeza que fui yo quien escribió, en aquel monasterio, tan magnífica compilación de historias. Aquella cruz roja en la pregunta sobre la autoría de Los milagros de nuestra señora, consiguió que mi vida y mi personalidad permanezcan intactas, que siga siendo aquel que fui… y que prácticamente todos desconocen.

Porque no soy una figura histórica de renombre, ni siquiera llegué a ser conocido más allá de las paredes de mi casa, de mi familia, de mi círculo de amigos. Posiblemente el único episodio de notoriedad fuera el que acabó originando mi sobrenombre “De Burdeos”: No podría concretar el año del Señor en el que nací; y cualquier dato o anécdota que aporte sobre la sociedad en la que me crie, tiene más posibilidades de ser error de un alumno que un dato certero. Lo que sí recuerdo casi a la perfección era que pasé los primeros años de mi vida viviendo en un hogar muy modesto: era la mía una familia casi sin recursos, tenía quince hermanos, y una madre que ganaba –trabajando en una tintorería– lo justo para que sobrevivieran, como mucho, la mitad. Pero ya conocemos a las madres, como todas, la mía intentaba hacer magia para poder llevarnos a todos adelante. Entre sus trucos sobresalían aquellos que hacía con las prendas de vestir: para ocultarnos que la ropa que lucíamos provenía de la beneficiencia, solía introducir en grandes tinajas llenas de colorante –en la tintorería, cuando nadie la veía– la ropa que le cedían. De esta manera, las prendas que heredábamos aparecían nuevas y maravillosas a nuestros ojos.

Quiso la casualidad que, durante mi primer año en el colegio, la tinaja que pillaba a mi madre más “a mano” –la menos vigilada– fuera la que convertía las diferentes tonalidades en guinda o… burdeos. Tras varios meses luciendo ropas de este color… me gané el nombre de Joaquín “el de Burdeos”. Fueron los años y diversos avatares los encargados de la desaparición del artículo.

Años más tarde –y como ya hiciera con mis hermanos mayores– quiso mi madre dejarme volar libre para que, además de tener una boca menos de la que preocuparse, pudiera hacerme un hombre de bien. Y a un ciego que pasaba por el pueblo le encomendó tan pedagógica labor, poniéndome a su servicio. Mil desventuras pasé con aquel y otros muchos amos que el destino quiso darme. ¡Quién hubiera dicho en aquellos días que acabaría siendo conocido como uno de los mayores humanistas de mi época! No fue fácil escribir Elogio de la locura, sobre todo después de acabar en galeras mi vida como pícaro. Pero sí que supuso un alivio comparado con la enorme desilusión que me provocó continuar la historia que encontré en unos legajos durante mis años en la universidad de Salamanca. En un principio, parecía fácil desarrollar lo que se contaba en aquella especie de tragicomedia, pero a medida que escribía iba siendo consciente del abismo que separaba lo que escribía y la enorme calidad del primer acto de La Celestina. Quizás por ello, quise dejar constancia de la auténtica autoría del texto cuando el azar volvió a poner en mis manos un papiro con otra historia. Desde el principio indiqué la responsabilidad de Cide Amete en todo aquel universo literario que suponía la escritura de El Quijote

Pero de todas esas historias preferiría no hablar. Me cuesta discernir bastante lo que verdaderamente forma parte de mi historia y lo que son despistes juveniles plasmados en una hoja o en las repuestas a un examen oral. Es complicado recordar tu propia historia cuando todo el mundo te atribuye momentos que no has vivido, libros que no has escrito, pensamientos que no has tenido… No recuerdo si lo dije, lo leí, o lo escribí, pero sin lugar a dudas: soy un juguete del destino.

En fin, queridos alumnos, no desvarío más. Les dejo. Espero que esta carta no les haya aburrido o disgustado, y que sepan perdonar mi atrevimiento si les digo que, la próxima vez que se enfrenten en clase a una pregunta, piensen en nosotros: De soñar con salir en los libros de historia a aparecer en respuestas incorrectas de un examen hay una gran diferencia…

Un fuerte abrazo


Joaquín de Burdeos


lunes, 10 de diciembre de 2012

Rompiendo la Maldición

Es una maldición. Cuesta trabajo llegar a descubrirlo cuando uno se encuentra completamente sumergido en la dinámica de la vida. Pero es una maldición. Una maldición terrible.
Creía que crecer era la peor de las enfermedades, pero me equivocaba. Es la más retorcida de las maldiciones. Apenas te ha dado tiempo a asimilar la adolescencia y, de repente, te descubres adulto. Es, en ese preciso instante en el que descubres el nuevo estatus, cuando tomas verdadera conciencia de dos realidades terribles: la mortalidad y el camino sin retorno que conduce a ella.
No hay vuelta atrás, no hay Delorians, no hay pócima ni magia lo suficientemente poderosa. Ya es demasiado tarde. Te encuentras inmerso en una vorágine de información, situaciones, deberes y responsabilidades… que no compensan (para nada) las ventajas que de niño y joven envidiabas de los mayores. Y, consciente de la inocencia de aquellos pensamientos, sonríes al descubrir la ironía de haber querido ser mayor durante toda la infancia… cuando ahora añoras tener unos años menos y disfrutar con plenitud de todos aquellos momentos pasados. Pero te habitúas con toda normalidad a esta nueva situación. Te sumerges en la rutina, te implicas en esta nueva vida, y comienzan a pasar los años…
La maldición surtió su efecto y los protagonistas de este cuento –que de repente se volvió oscuro, triste y monótono– viven sus nuevas vidas con la naturalidad de quienes piensan que no hay otra realidad que no sea aquella en la que viven.
Pero no hay hechizo eterno. De repente, un buen día abres los ojos y…

Descubres que la maldición (simplemente) se rompió. Sin sortilegios ni encantamientos, sin pociones ni rituales. La maldición (simplemente) desapareció. Aunque te miras al espejo y descubres las secuelas físicas que ha dejado todo ese tiempo de condena: arrugas, canas, algún que otro pelo de menos… En la mirada sigues reconociendo la alegría, los sueños y la inocencia del niño que se fue; las inquietudes, ilusiones y picaresca del joven que se fue.
Descubres que la maldición (simplemente) se rompió. No hay castillos rodeados de zarzales ni casitas en mitad del bosque, no se vive en reinos lejanos ni pueblos encantados. La maldición (simplemente) desapareció. Un vistazo a las habitaciones del piso y, aunque los muebles siguen en su sitio, te sorprende ver pequeños detalles en el “skyline” que le confieren un aspecto diferente. Un juguetillo por aquí… un chupete allá… ese enchufe tapado… El espacio físico no parece haber cambiado, pero el calor que desprende el hogar es otro. Parece que, de nuevo, tiene vida.
Descubres que la maldición (simplemente) se rompió. Sin la participación de magos ni de brujas, sin hechiceros ni hadas.  La maldición (simplemente) desapareció. Y parece mentira que una personita tan pequeñita haya obrado el milagro y nos haya salvado. Su compañía es la que nos devuelve aquello que fuimos, y su sonrisa la que nos permite serlo. Y así, por arte de magia, dejamos de ser un personaje más de la aburrida historia de los adultos para convertirnos en protagonistas de su cuento, transformándonos en papá y mamá, abuelo y abuela, tío y tía…

En mi caso, he experimentado esta magia en dos ocasiones: hace 20 años, justo cuando emprendía el camino para ser adulto, me convertí en “hermano”; y, hace hoy 1 año, me volvieron a rescatar, convirtiéndome en “tío”.
Gracias Almu. Gracias Pablo.

domingo, 25 de noviembre de 2012

PersoOnah k eskriiben

A pesar de lo que mi madre diga sobre mi talento, nunca ganaré el Nobel de Literatura. Posiblemente ni el Cervantes. No creo que caiga el Príncipe de Asturias. Es complicado que me haga con el Andersen, el Nébula o el Hugo. Todos sabemos que el Planeta "tiene truco", y el Nadal... mi perfil no es el de sus premiados. Puede ser que mi carrera de escritor de éxito acabara con aquel segundo premio que gané a finales de los 90, en el concurso literario que se lanzó en El Puerto dentro del programa "Miniurban", de promoción del tejido empresarial del centro de la ciudad.
No todos nacemos para vivir de la escritura.
Bueno, yo vivo de la escritura (y de la lectura), concretamente de enseñarla. (Pero ahora no viene al caso)

La literatura es un arte, y como tal, no tiene que responder o seguir las leyes de la lógica. Ahí están los caligramas, la escritura automática, el poema en eco... Es ESCRIBIR, así, con mayúsculas. Soy de la cruel opinión de que el talento se tiene o no se tiene. Se puede alimentar o ignorar, pero no fabricar.

Hoy me interesa la escritura que responde las leyes de la lógica. Mejor dicho, la que debería responder ante las leyes de la lógica. Hablo de escribir, así, con minúsculas.
En teoría, escribir (una vez aprendido los trazos que corresponden a las diferentes letras) no debería suponer un problema: tan solo hay que combinar símbolos... y no disponemos de más de 27. En español (o castellano, no vamos a perder el tiempo en polémicas), las palabras se escriben tal y como suenan, de manera que la única dificultad puede residir en aprender una serie de reglas, popularmente conocidas como "reglas de ortografía". Así de simple.

Pero...
Desde hace unos años vengo observando que la "política de ser políticamente correctos" de los adultos se ha unido a la (más que economía) racanería lingüística de jóvenes y adolescentes en un extraño movimiento "contracultural" cuyo único objetivo (intencionado o no) parece ir encaminado a romper con la solidez y belleza de nuestra lengua.
Si bien los orígenes pueden remontarse a la "K" antisistema (que ha pasado de icono del movimiento okupa, a comodín de todo el que se la quiera dar de moderno alternativo o perroflauta extremo), podemos decir que en los últimos años, a este castellano no lo conoce "ni la madre que la parió".
Primero fue la Economía del lenguaje: En móviles, los mensajes de texto no podían tener más de 160 caracteres. Aquel formato inició una forma de escribir que gozaba de unas reglas bastante cercanas a las que adoptábamos en la universidad cuando pillábamos apuntes a toda velocidad ("q" como forma amputada de "que", por ejemplo); pero poco duraron las "reglas no escritas" del eseemeese: llegaron la eliminación de la "h", "ch", vocales..., la "k" y "x" multiusos, y la aparición de extrañas simbologías (los emoticonos son la escritura jeroglífica del siglo XXI  XD )

Después llegó la Segregación lingüística: Un buen día, alguien pensó que nuestro idioma era machista y pelín misógino (¿una "o" como forma que englobe lo masculino y lo femenino?). Comenzaron a editarse "libros de estilo sobre el correcto uso de la lengua" (al parecer no había fines mejores en los que invertir el dinero público), y la cosa se desmadró un poco:
 - La feminización por cojones: Se ve que no era suficiente con el determinante en modo femenino, y pasamos a tener médicos y médicas, jueces y juezas, miembros y miembras... (los cambios no llegaron a los dentistos, electricistos, pediatros...)
- La arrobización desmesurada: Tras la separación en género, alguien pensó que hacían falta términos que englobaran ambos sexos. Y antes de recurrir al diccionario (ciudadanía, alumnado, por ejemplo), adoptaron la arroba (@) como término fetiche (algo así como el "pegamento imedio del lenguaje no sexista"): enfermer@, animador@, alumn@... (mi opinión sobre este estúpido fenómeno me la guardo)
- Los sucedáneos de la arroba: O "para qué conformarme con @ si puedo utilizar X, y me ahorro pulsar ctr+alt y deshacer el hipervínculo"


Una de las cosas que comento a mis alumnos en clase es que, el castellano, es un lenguaje vivo, que se nutre de las aportaciones de quienes lo usamos. Últimamente me da más la impresión de que (con tantas patadas en el estómago que se le da) no es más que un maltrecho zombi que vaga sin rumbo en busca de alguien que pueda "alimentarlo".

¿Dónde está esa que se dice "Que limpia, fija y da esplendor" cuando se le necesita?

Me parece terrible la dejadez con la que, en los últimos años, se viene usando nuestra lengua. Y sí, escribo dejadez y no incultura o analfabetismo. No hay interés por escribir correctamente, ni siquiera parece existir miedo a hacer el ridículo con lo escrito. Con lo fácil que es, si no consultar un diccionario, preguntar a alguien cómo se escribe una palabra...

martes, 23 de octubre de 2012

UN CUMPLEAÑOS MUY ESPECIAL



Una de las cosas que más pánico me da en esta vida, además de las alturas, es el compromiso. No sabría decir si tiene algo que ver con mi condición de “acuario”, pero sí que es un rasgo que me acompaña desde hace muchos años (Incapaz de hacer planes a más de tres días vista, el día que tuve que firmar un contrato de 2 años con Vodafone para conseguir un “esmarfon” fue uno de los peores momentos de mi vida...)
Quizás por ello, desde el respeto que me produce, no puedo dejar de admirar (incluso con cierta envidia) a aquellos que viven plenamente felices sus relaciones, y no solo parejiles: puesto de trabajo, vivienda, tener hijos, mascotas…
Cuando se valora como una gesta digna de elogio los más de 37 años que llevan juntos mis padres, ¿qué se puede decir de los 65 de casados que cumplen hoy mis abuelos?

65 años… se dice pronto… Y sin embargo, en ocasiones, parecen dos “tortolitos” que han comenzado a salir.
Basta solo con pasar un ratito en su compañía para comprender que lo suyo es pura magia. Una magia alimentada por el amor que se vienen profesando día a día.
La entrega y dedicación de mi abuela. Entre millones de momentos y detalles: el estricto control “pastillil” de mi abuelo. Sin alarmas de móvil ni post-it en el frigorífico. Silenciosamente, cuando llega la hora de la pastilla de turno, se levanta del sillón (no sin un gran esfuerzo) y va arrastrando los pies como buenamente puede hasta la cocina, de donde viene con un vaso de agua en una mano y la pastilla de turno en la otra. Posiblemente sepa mejor que él para qué es la pastilla que le ha traído. Una vez que comprueba que se la ha tomado, se sienta. Como  si nada hubiera pasado.
Un amor silencioso y detallista. De quien se ha acostumbrado a estar muchos años en segundo plano… pero ha llevado (y lleva) el control de su casa.
El cariño cegador de mi abuelo. Incapaz de ver (o querer ver) cómo poco a poco el cuerpo le va imponiendo ciertas limitaciones a su mujer. “La abuela está mejor que yo”, suele decir a boca llena. No se resigna que en muchos de sus paseos, ella no pueda seguirle el ritmo. Una ceguera que usar como “autodefensa”, pues, con cada achaque de la abuela, se siente morir.
Un amor expresivo y efusivo. De quien se siente nadie sin su “compañera de viaje” en esta aventura de más de 60 años. Amor desinhibido, de quien durante tantos años fue recto e inflexible  y ahora aprovecha la menor ocasión para acompañar un “¡Ay, mi vieja!” de un beso a su mujer.
El pasado sábado, celebrando en familia (¿cómo si no?) este momento, el abuelo dijo: “¡Ahora, a por los 75!” ¿Y por qué no? No hay edad cuando el espíritu, el cuerpo y las circunstancias están  de parte de uno. Hoy lo están del lado de los dos.
Esta mañana, cuando me he acercado a su casa, ella estaba guisando (arroz con pollo): “Primero caliento el caldo, después se lo echo al pollo, y cuando tu abuelo llegue de la calle, echaré el arroz. Ha ido a la farmacia, pero ya sabes que se entretendrá, dará una vuelta por ahí antes de venir a comer”.

Hay historias dignas de ser contadas. La de mis abuelos, es una de ellas.