Me comentó una compañera de departamento que (en un examen que hizo a 3º de ESO) a la pregunta sobre quién escribió "Los milagros de Nuestra Señora", un alumno respondió "Joaquín de Burdeos".
Entre bromas insistí en la necesidad de buscar a Joaquín de Burdeos para comprobar si verdaderamente fue o no el autor en la sombra del libro que popularmente se atribuye a Gonzalo de Berceo. Tras una ardua búsqueda dimos con él, y este es el mensaje que quiso que transmitiera a sus alumnos:
Mis muy estimados discentes:
Me sorprende encontrarme aquí,
escribiéndoos unas letras con la finalidad de darme a conocer ante vuestras
mercerdes. Me llamo Joaquín Ignacio Sánchez-Expósito de la Lastra, y apostaría
mi fortuna a que mi nombre os pasará desapercibido. No obstante, estoy más que
seguro que me reconocerán por mi sobrenombre, Joaquín de Burdeos.
En primer lugar, quisiera
agradecer a vuestra profesora que me haya buscado y que compartiera conmigo tan
gozosa anécdota como la que ocurriera hace unas semanas en esta misma aula.
Obviamente, no fui quien escribió y dio nombre a Los milagros de nuestra señora. Desconozco, de hecho, la posible
opinión que este suceso pudiera despertar en la figura del excelso Gonzalo de
Berceo; no obstante –y agravios comparativos aparte– seguro que se hubiera
sorprendido más de que aún se estudie su figura y sus obras, que de tan
mayúscula confusión con respecto a la autoría de su libro más conocido.
No es la primera vez que mi
nombre aparece en un examen escolar. De hecho, tengo el orgullo de ser una de
las figuras erróneas más citadas. Tanto, que no podría poner en pie la cantidad
de puntos que el alumnado ha dejado de tener al incluirme como autor de
clásicos literarios, filósofo, clérigo, o incluso desempeñando la labor de
descubridor y conquistador.
No es fácil ser un error; a decir
verdad, me costó bastante asimilar y aceptar esta nueva condición de
equivocación. No todo el mundo puede vivir siendo consciente de que su
existencia está relacionada con el despiste o la ignorancia de aquellos que te
citan o te nombran. Podría enumerar una larga lista de personajes anímicamente
derrotados, prácticamente sin autoestima, que vagan a través de trabajos y
exámenes, y que han caído en los brazos de la locura creyéndose autores de
obras como Cantar de Mío Cid, Lazarillo de Tormes… o incluso Don Quijote de la Mancha.
Es, prácticamente, una labor
titánica conservar tu propia identidad cuando constantemente te atribuyen hazañas
o acciones realizadas por otros. De hecho, de no ser por la pronta y atenta
corrección que del examen hizo, me hubiera resultado imposible quitarme de la
cabeza que fui yo quien escribió, en aquel monasterio, tan magnífica compilación
de historias. Aquella cruz roja en la pregunta sobre la autoría de Los milagros de nuestra señora,
consiguió que mi vida y mi personalidad permanezcan intactas, que siga siendo
aquel que fui… y que prácticamente todos desconocen.
Porque no soy una figura
histórica de renombre, ni siquiera llegué a ser conocido más allá de las
paredes de mi casa, de mi familia, de mi círculo de amigos. Posiblemente el
único episodio de notoriedad fuera el que acabó originando mi sobrenombre “De
Burdeos”: No podría concretar el año del Señor en el que nací; y cualquier dato
o anécdota que aporte sobre la sociedad en la que me crie, tiene más
posibilidades de ser error de un alumno que un dato certero. Lo que sí recuerdo
casi a la perfección era que pasé los primeros años de mi vida viviendo en un
hogar muy modesto: era la mía una familia casi sin recursos, tenía quince
hermanos, y una madre que ganaba –trabajando en una tintorería– lo justo para que
sobrevivieran, como mucho, la mitad. Pero ya conocemos a las madres, como todas,
la mía intentaba hacer magia para poder llevarnos a todos adelante. Entre sus
trucos sobresalían aquellos que hacía con las prendas de vestir: para ocultarnos
que la ropa que lucíamos provenía de la beneficiencia, solía introducir en grandes
tinajas llenas de colorante –en la tintorería, cuando nadie la veía– la ropa
que le cedían. De esta manera, las prendas que heredábamos aparecían nuevas y
maravillosas a nuestros ojos.
Quiso la casualidad que, durante mi
primer año en el colegio, la tinaja que pillaba a mi madre más “a mano” –la
menos vigilada– fuera la que convertía las diferentes tonalidades en guinda o…
burdeos. Tras varios meses luciendo ropas de este color… me gané el nombre de
Joaquín “el de Burdeos”. Fueron los años y diversos avatares los encargados de
la desaparición del artículo.
Años más tarde –y como ya hiciera
con mis hermanos mayores– quiso mi madre dejarme volar libre para que, además
de tener una boca menos de la que preocuparse, pudiera hacerme un hombre de
bien. Y a un ciego que pasaba por el pueblo le encomendó tan pedagógica labor,
poniéndome a su servicio. Mil desventuras pasé con aquel y otros muchos amos
que el destino quiso darme. ¡Quién hubiera dicho en aquellos días que acabaría
siendo conocido como uno de los mayores humanistas de mi época! No fue fácil
escribir Elogio de la locura, sobre
todo después de acabar en galeras mi vida como pícaro. Pero sí que supuso un alivio
comparado con la enorme desilusión que me provocó continuar la historia que
encontré en unos legajos durante mis años en la universidad de Salamanca. En un
principio, parecía fácil desarrollar lo que se contaba en aquella especie de tragicomedia,
pero a medida que escribía iba siendo consciente del abismo que separaba lo que
escribía y la enorme calidad del primer acto de La Celestina. Quizás por ello, quise dejar constancia de la
auténtica autoría del texto cuando el azar volvió a poner en mis manos un
papiro con otra historia. Desde el principio indiqué la responsabilidad de Cide
Amete en todo aquel universo literario que suponía la escritura de El Quijote…
Pero de todas esas historias
preferiría no hablar. Me cuesta discernir bastante lo que verdaderamente forma
parte de mi historia y lo que son despistes juveniles plasmados en una hoja o
en las repuestas a un examen oral. Es complicado recordar tu propia historia
cuando todo el mundo te atribuye momentos que no has vivido, libros que no has
escrito, pensamientos que no has tenido… No recuerdo si lo dije, lo leí, o lo
escribí, pero sin lugar a dudas: soy un
juguete del destino.
En fin, queridos alumnos, no
desvarío más. Les dejo. Espero que esta carta no les haya aburrido o disgustado,
y que sepan perdonar mi atrevimiento si les digo que, la próxima vez que se
enfrenten en clase a una pregunta, piensen en nosotros: De soñar con salir en los libros de historia a aparecer en respuestas
incorrectas de un examen hay una gran diferencia…
Un fuerte abrazo
Joaquín de Burdeos